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Juan Javier Gómez Cazarín

Hace dos meses perdí a mi abuela Chita y este año es el primero con su foto en el altar del Día de Muertos.

Si hay una característica de nuestra condición humana que nos recuerda que todas y todos somos iguales, es la muerte.

No sólo porque todas y todos vamos a morir, sino también, y quizá de manera más especial, porque todas y todos hemos perdido a alguien que amamos.

Inevitablemente, conforme avanza la vida y se aproxima nuestro propio momento para salir de ella, nuestros recuerdos se van poblando de más y más gente que se ha ido.

Las primeras despedidas empiezan tan temprano como la niñez -mi hija, por ejemplo, perdió en Chita a su bisabuela-. Para cuando se está en la mediana edad, el censo de quienes han partido -familia, amigas, amigos- es mucho más nutrido.

La muerte de alguien que amamos siempre es una pérdida personal, íntima y solitaria, porque es una experiencia imposible de repetir por alguna otra persona. Pero al mismo tiempo, es un trance que nos acerca a cualquier persona en duelo.

Por eso, el Día de Muertos es para nosotras y nosotros una fecha de profunda contradicción, entre el dolor por las y los ausentes y la alegría de celebrar su vida y su huella en la de nosotras y nosotros.

El 2 de noviembre es la ambivalencia de la profunda tristeza por quienes ya no están y la felicidad de poder festejarlas y festejarlos aunque sea por un día, invitarles un café, un taquito, una copa, decirles, con su retrato enmarcado, que les recordamos siempre.

Pero también, como dije, es una fecha para ser empáticos con todas y todos los que han vivido la separación de la muerte.

Es una oportunidad para identificarnos en cualquier doliente y hacerle saber que compartimos sus sentimientos: su quebranto, su soledad o su desconsuelo.

Decirle que así como todas y todos vamos a morir, también a todas y todos se nos ha muerto alguien.

Es vernos en su dolor y tratar de imaginar por lo que está pasando.

Hoy que vuelvo a ver la fotografía que nos tomamos en la tumba de Chita, me doy cuenta de que algo de todo eso hubo en su adiós.

Ningún rostro de mis primas, primos, sobrinas o sobrinos está llorando en esa foto. En algunos hay una sonrisa, casi de fiesta. Cada quien vivió un dolor único y al mismo tiempo compartido. Cada quien enfrentó esa mezcla de quebranto por su muerte y alegría porque estuvo con nosotras y nosotros más de 90 años, enseñándonos cosas, regalándonos su amor.

Hoy va a ser un día ocupado para Chita, porque tiene muchísimos altares que visitar.

Nos va a encontrar como nos dejó: tristes pero felices, solos pero acompañados.

Diputado Local. Presidente de la Junta de Coordinación Política del Congreso del Estado

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